Aún recuerdo aquella fría mañana de finales del 27 de Diciembre de 1966 tomando el café con mi padre en la cocina, mientras me daba los últimos consejos antes de emprender el viaje a Madrid con mi vieja maleta de madera acuestas. Mientras mi padre le ponía el aparejo a la burra, yo cerraba la maleta después de haber metido ropa de trabajo y poca para vestir, pues el viaje que quería hacer, era para buscar trabajo, me proponía buscar una vida diferente a lo que era la vida de pastor y agricultor por aquellos años en Aliste. Mi padre puso la albarda a la burra y se dispuso acompañarme a Domez a coger el coche de línea, debían ser sobre las 6 y media de la mañana, y en pleno invierno toda vía a esa hora era de noche. Recuerdo que era una mañana lluviosa y oscura, y con apenas luz en las calles, no tardo en aparecer la primera anécdota del viaje, la burra tropezó por las inmediaciones del charíz de la era, y mi padre que iba a caballo sujetando mi maleta delante de él, salieron rodando él y la maleta por encima de las orejas de la burra. Mi padre dijo ya empezamos bien, después de levantarse medio embarrado del lodo que por aquel entonces si criaba por los alrededores del charíz.
Ya llegamos a Domez, y en la parada del auto bus iba llegando gente de pueblos colindantes para desplazarse a la capital, (Zamora) yo era la primera vez que viajaba, nunca había salido del pueblo, apenas había subido en algún coche, y menos en un autobús. Ya se llega la hora de salida, me despido de mi padre, y las palabras que me dijo: Mira haber, si ves que no estás bien allí, o te dan un trabajo para reventarte, vuelves a casa, ya llevas dinero para volver, en casa nos haces falta y no te faltará que comer. Recuerdo que llevaba 1.200 pesetas en una vieja cartera de piel de vaca, que seguramente mi tío Andrés Macho había traído de Cuba, y el viaje me costaba unas 200 pesetas. Emprendemos viaje hacía Zamora vía Carbajales recogiendo gente por las pueblos. Llegamos a Zamora y yo sin saber donde estaba, aquellos edificios altos, las calles llenas de coches y aquel olor a carbón de las calefacciones, cogí un taxi para ir a la estación, tenía que llegar cuanto antes para coger el primer tren que saliera para Madrid, me tenía que bajar en la estación del Escorial. Alrededor de los dos de la tarde salía un expreso, y fue el que cogí después de comer la merienda que mi madre me había dado, una tortilla de patatas, y un poco de chorizo de la matanza. Subo en el tren, y antes había unos empleados de RENFE que dando una propinilla te subían la maleta y te buscaban el vagón y el asiento, y se le daban las gracias por esa amabilidad y favor que nos hacían a gente que como yo, nunca las habíamos vista tan gordas.
Todo el camino fui en los pasillos asomando por la ventanilla, y de vez en cuando preguntar a algún viajero no se me fuera a pasar la estación. Ya era de noche cuando llegué a el Escorial, de allí cogí un taxi que me llevó hasta Navalagamella donde me esperaba mi amigo Antonio.
Antonio, unos meses mayor que yo trabajaba desde hacía algunos meses en dicho pueblo, en una conocida empresa, AGROMAN y se hospedaban en unos pabellones de dicha empresa, la cual contaba también con servicio de comedores para los trabajadores de la empresa. Previamente Antonio, había hablado con el barraconero, para pedirle permiso para alojarme allí por una noche, y al día siguiente yo iría a las oficinas de la empresa a pedir trabajo. Allí pasé la noche, el barraconero me alojó en una litera de la parte alta, yo cogí mi cartera desconfiando de los que allí dormían y la metí debajo de la almohada para que no me la quitaran, a la mañana cuando me desperté, me faltaba la cartera, y es que se había caído a la litera de abajo y estaba al lado de la cabeza del compañero que dormía.
Al día siguiente, me dirijo a las oficinas de AGROMAN a pedir trabajo, pero al no tener cumplidos los 18 años me afiliaron como pinche, mi trabajo consistía en servir de agua a una cuadrilla, y mantener fuego para si algún compañero necesitaba calentarse. Siendo ya a primeros de enero la cuadrilla bebía poco agua, pero cada día debía andar como unos dos kilómetros ida y vuelta para llenar un barril de agua (una especie de tonel de madera.)
El primer mes, ese fue mi trabajo, y a partir de ahí me enviaron a otro sector, allí me pusieron como ayudante de unos encofradores, trabajo que hice hasta el mes de abril que volví a mi casa para ayudar en las labores del campo.
Durante esos meses estuve ganado como unas 1000 pesetas semanales como pinche, además me daban la mantención y dormir, los oficiales ganaban alrededor de unas 250 ó 300 pesetas más. Durante ese tiempo hacía giros semanales a mi casa de unas 700 u 800 pesetas, el resto lo guardaba para mí.
Dado que era invierno y los días eran muy cortos, entraba en el trajo de noche, y salíamos de noche, del trabajo a la cama y de la cama al trabajo, debía madrugar bastante, pues, había que dejar la litera echa y subir a los comedores a desayunar. Para desayunar nos ponían unas cafeteras de chocolate por las mesas, no muy espeso, podías servirte el que quisieras, pero estaba muy caliente, por eso había que ir pronto para dar tiempo a enfriar.
La jornada era de lunes a sábado, solamente teníamos fiesta el domingo, el cual Antonio y yo destinábamos a lavar la ropa, con un baño y un paquete de polvos ELENA íbamos al rio Perales y allí lavábamos la ropa, si el día estaba bueno la poníamos a secar y la traíamos seca, si no, la traíamos para tenderla cerca de los barracones. Hecho esto, la tarde la dedicábamos a ir de paseo por la carretera de Navalagamella haber si veíamos algún grupo de chicas que también paseaban. Algunos domingos por la mañana aprovechábamos para ir Madrid, y recorrer la ciudad en metro, el mercado del RASTRO era el sitio más frecuentado.
CON LA MALETA ACUESTAS 2º PARTE.
Me trataron como a un perro.
Recuerdo que era por el 12 de febrero de 1977, cuando una tarde en el trabajo después de comer, me comencé a sentir indispuesto con fiebre y con cierta tirantez en las carrilleras, pero sin mediar palabra con nadie aguanté hasta dar por terminada la jornada. Llegamos a los barracones en el transporte de costumbre, que eran los camiones de mover tierras en la obra, pero acondicionados con un toldo y unos bancos construidos de tablones por nosotros mismos para ir un poco más cómodos. La noche la pasé con fiebre, y al día siguiente ya no me presenté al trabajo, sino que acudí a la visita del médico para que me recetara algo para quitar aquella fiebre. Entré a la visita, y el médico no tardo mucho en diagnosticarme “Paperas” una enfermedad que se inflaman las carrilleras y los genitales, pero que a mí no me había llegado ni me llegó a tal punto.
AGROMAN, disponía de una pequeña clínica – barracón, con cuatro o cinco habitaciones y un par de despachos, para casos que tuvieran que aislar a algún enfermo de los demás compañeros por alguna enfermedad infecciosa, esta clínica estaba bastante separada del pueblo y de los pabellones donde pernoctaban los trabajadores, como una media hora andando. Dado que el diagnostico que me había dado el médico era contagioso, pues me metieron en aquella clínica, que más que una clínica la recuerdo como un zulo. Los dos o tres primeros días había allí otro compañero con la misma enfermedad que yo, pero el ya estaba prácticamente recuperado y se marcho a los dos días.
A partir de entonces, me dejaron allí solo, allí no había tele, ni radio, ni periódicos ni revistas ni nadie que me los llevara, el médico pasaba visita cada cuatro o cinco días, la primera semana un enfermero venía a media mañana a ponerme una inyección, y aparte de eso, el barraconero encargado de llevarme la comida, venía a traerme un poco de café con leche cuando se acordaba, y la comida más o menos pasaba lo mismo, la cena me la solían traer junto con la comida, que eran dos huevos cocidos, o un poco de embutido y un chusco de pan. A parte, no veía a nadie, todo el día mirando por una ventana me entretenía en contar los coches que pasaban cada hora por una carretera que se veía a lo lejos. Mi amigo Antonio, me acompañaba los domingos, y alguna noche después del trabajo se pasaba un rato. Allí permanecí por unas cuatro semanas, aunque ya estaba recuperado, debía estar aislado por precauciones de contaminación.
Acabado todo esto, volví al trabajo, la obra se estaba terminando que era un canal de abastecimiento de agua potable a la ciudad de Madrid. Acabada la obra de allí, nos enviarían a otra obra a Bilbao, pero yo en el mes de abril volví a casa, para ayudar en los trabajos del campo.
Recuerdo, que antes de volver a casa fui Madrid a comprarme un traje, era mi primer traje, lo compré en el rastro por 700 pesetas, no era nada barato en aquél tiempo. Era por el 8 ó el 10 de abril el día de pascua, y ese día emprendía viaje de vuelta hacia tierras alistanas con mi traje nuevo puesto. Sobre las cuatro de la tarde cogí un tren en Chamartín, y a las 12 de la noche llegaba a Zamora. Por aquellos años, había gente que iba a la estación para ofrecer habitaciones a algún viajero que se bajaba del tren y necesitaba hacer noche, y un señor ya de avanzada edad me la ofreció, me fui con él, me dieron cama y desayuno a buen precio. El autobús no salía hasta por la tarde, llegaba a Domez sobre las 8 de la tarde, que por cierto aquella tarde llovía a cántaros. Dejé la maleta en Domez, para ir al día siguiente a buscarla con la burra, pero llegué a casa cargado de agua, el traje que llevaba de estrena al mojarse se quedó arrugado, que prácticamente no lo volví a poner.
En los tres siguientes inviernos continué emigrando hacia Vitoria, para en verano volver a la agricultura en Aliste, no es que me fuera mal, pero había que ser conscientes de que en casa también hacía falta y debía ayudar, y fue ya en 1972, que después de hacer el servicio militar, fijé mi residencia en la “Costa del Maresme”.
Gúmaro, 23 de septiembre de 2011.
Tierrasdealiste es un blog en el que podeis colaborar con vuestros articulos o vivencias alistanas, así como dejar vuestros comentarios y opinión. Para contactar con el propietario del Blog dirigirse a: gumaroepr@hotmail.es Muchas gracias. #Gúmaro
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jueves, 22 de septiembre de 2011
sábado, 29 de enero de 2011
ENTRE EL RANERO Y LA CALIENDA
A veces me pongo a pensar en las “trastiadas” que de rapá hice, y la verdad es que no sé como en muchas ocasiones como salí con vida. Y es que cada vez que pienso en la espeluznante historia que voy a contar se me ponen los pelos como escarpias.
Podía ser ya la avanzada primavera o comienzos de verano, (más o menos yo con 12 años) cuando mi padre me mando a cavar la hierba que crecía por la viña del camino Tolilla, y en esto apareció por allí Angelito Teso algún año mayor que yo, el cual me comentó que el día anterior había estado en el molino”La Raya” y había visto que en la zuda y en la calienda del molino había muchos peces, y que yendo entre dos, y cortando el agua en la calienda, y luego vaciando la zuda cogeríamos todos los peces. Yo acepte ir, y más si me podía librar de cavar la viña, cogemos andando el Carrascal abajo y llegamos al molino más o menos a las 10 de la mañana, comenzamos tal como habíamos planeado a cortar el agua reventando la calienda y poniendo gajas con algas y espadañas, lo cual no se hacía difícil porque había bastante corriente de agua, pero al cabo de rato y trabajando un montón, conseguimos de cortar el agua, si no toda, si lo suficiente como para cuando vaciásemos la zuda, los peces quedasen con muy poco agua donde los podíamos coger fácilmente.
Una vez cortada el agua de la calienda, debíamos comenzar a vaciar la zuda, y para vaciar la zuda no había otra opción que vaciarla por la comporta del rodezno. Para ello debíamos primero inmovilizar el rodezno para poder trabajar desde encima del rodezno, cogimos un hacha con la que cortamos unos palos bastante gruesos y los metimos por entre las aspas del rodezno aprovechando las más ralas por ya faltar algunas. Una vez inmovilizado el rodezno abrimos la comporta para que se fuera vaciando y pusimos un saco en esta para que loa peces que el agua fuera arrastrando quedaran en el.
Es ahí cuando corrimos el peligro que Angelito y yo nunca vimos, el que la fuerza del agua hubiera desfrenado el rodezno, y hubiéramos salido despedidos contra la pared del “ranero” o en el mejor de los casos hubiéramos quedado mutilados de algún brazo o pierna, pero algo hizo que no fuera así.
El vaciado de la zuda tardo unas horas, no sé cuantas, pero ya había sobrepasado el medio día y la zuda tardaba en vaciarse mientras nosotros mirábamos los peces y algún cangrejo que había en el fondo. Tal como el nivel del agua bajaba, los peces subían escandalizados la calienda arriba aprovechando el poco agua que quedaba para escapar, cuando la zuda se vació, no había quedado ni tan siquiera una sarda, nos quedaba el consuelo de que el saco que habíamos puesto en la comporta estaría lleno. Pero cuando sacamos el saco entre los dos por que pesaba bastante, lo desatamos, y no había más que lodo, trozos de palos, basura y ahí quedó nuestra desilusión.
Cuando habíamos acabado el trabajo, y yo había llegado a mi casa era ya más de media tarde, mi padre me había ido a buscar a la viña, el trabajo que me había mandado no lo había hecho, por lo que pensó que había estado buscando nidos todo el día. Yo cuando llegue a casa conté toda la verdad, y en mi casa lo único que se alegraron que no me hubiese pasado nada, dado el peligro que en todo momento pudimos correr.
Gúmaro, 29 de enero de 2011
Podía ser ya la avanzada primavera o comienzos de verano, (más o menos yo con 12 años) cuando mi padre me mando a cavar la hierba que crecía por la viña del camino Tolilla, y en esto apareció por allí Angelito Teso algún año mayor que yo, el cual me comentó que el día anterior había estado en el molino”La Raya” y había visto que en la zuda y en la calienda del molino había muchos peces, y que yendo entre dos, y cortando el agua en la calienda, y luego vaciando la zuda cogeríamos todos los peces. Yo acepte ir, y más si me podía librar de cavar la viña, cogemos andando el Carrascal abajo y llegamos al molino más o menos a las 10 de la mañana, comenzamos tal como habíamos planeado a cortar el agua reventando la calienda y poniendo gajas con algas y espadañas, lo cual no se hacía difícil porque había bastante corriente de agua, pero al cabo de rato y trabajando un montón, conseguimos de cortar el agua, si no toda, si lo suficiente como para cuando vaciásemos la zuda, los peces quedasen con muy poco agua donde los podíamos coger fácilmente.
Una vez cortada el agua de la calienda, debíamos comenzar a vaciar la zuda, y para vaciar la zuda no había otra opción que vaciarla por la comporta del rodezno. Para ello debíamos primero inmovilizar el rodezno para poder trabajar desde encima del rodezno, cogimos un hacha con la que cortamos unos palos bastante gruesos y los metimos por entre las aspas del rodezno aprovechando las más ralas por ya faltar algunas. Una vez inmovilizado el rodezno abrimos la comporta para que se fuera vaciando y pusimos un saco en esta para que loa peces que el agua fuera arrastrando quedaran en el.
Es ahí cuando corrimos el peligro que Angelito y yo nunca vimos, el que la fuerza del agua hubiera desfrenado el rodezno, y hubiéramos salido despedidos contra la pared del “ranero” o en el mejor de los casos hubiéramos quedado mutilados de algún brazo o pierna, pero algo hizo que no fuera así.
El vaciado de la zuda tardo unas horas, no sé cuantas, pero ya había sobrepasado el medio día y la zuda tardaba en vaciarse mientras nosotros mirábamos los peces y algún cangrejo que había en el fondo. Tal como el nivel del agua bajaba, los peces subían escandalizados la calienda arriba aprovechando el poco agua que quedaba para escapar, cuando la zuda se vació, no había quedado ni tan siquiera una sarda, nos quedaba el consuelo de que el saco que habíamos puesto en la comporta estaría lleno. Pero cuando sacamos el saco entre los dos por que pesaba bastante, lo desatamos, y no había más que lodo, trozos de palos, basura y ahí quedó nuestra desilusión.
Cuando habíamos acabado el trabajo, y yo había llegado a mi casa era ya más de media tarde, mi padre me había ido a buscar a la viña, el trabajo que me había mandado no lo había hecho, por lo que pensó que había estado buscando nidos todo el día. Yo cuando llegue a casa conté toda la verdad, y en mi casa lo único que se alegraron que no me hubiese pasado nada, dado el peligro que en todo momento pudimos correr.
Gúmaro, 29 de enero de 2011
martes, 21 de septiembre de 2010
LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE
Recordando una vez más aquellos lejanos años 50 cuando yo corría por la moral con pantalones cortos de pana con las rodillas llenas de rascadas de las continuas caídas por aquellas reguilladas peñas, también vestía un jersey de lana teñido de color rojo que mi hermana la mayor me había hecho con lana de nuestras propias ovejas. Siempre llevaba los puños del jersey ensardinados de limpiarme los mocos antes de llegar a casa primero con una manga y después con la otra.
En aquella época aún no teníamos luz eléctrica en Lober, al caer la noche debíamos encender el farol para andar por las oscuras y embarradas calles del pueblo, y el candil de petróleo o de aceite para alumbrar la cocina cuando toda la familia se reunía al amor de la lumbre, y en el mejor de los casos el que disponía de un candil de carburo
Era un día de los últimos días del mes de febrero del año 54 que contaba yo con unos 5 años de edad que cumpliría el próximo 12 del mes de marzo de aquel mismo año, aquel día me acompañaba mi vecina Charo que contaba algún año más que yo, pero no más de dos, y me parece que por aquella hora no había por allí nadie más. En casa de Charo era la taberna, y tenían la suerte de tener un candil de carburo que todos los días el Ti Sidoro durante el día preparaba para tenerlo preparado para la noche tirando la ceniza en la calle y sacudiendo el bote sobre una peña que había de frente a su casa sobre la pared de la nuestra. Sobre aquella peña el Ti Sidoro rompía también con un martillo la piedra de carburo para meter dentro del candil. Siempre entre la ceniza quedaba alguna pequeña piedra y otras que al partir con el martillo quedaban por allí.
Cuando oíamos que el Ti Sidoro sacudía el candil sobre la peña, los rapaces que por allí danzábamos corríamos hacia allí para recoger alguna piedra de carburo que quedaba rebuscando entre los residuos. Aquel día yo había tenido suerte, había recogido varias.
No sé quien fue el inventor, pero con un bote de leche condensada vacío le hacía un agujero con un clavo en el fondo. Se hacía un agujero de la medida del bote en se suelo en sitio barroso donde metía el bote con un poco de agua dentro y las piedras de carburo, bien tapado con barro alrededor para que respirara lo menos posible, luego con una cerilla se la arrimaba al agujero donde prendía una llama larga que duraba dependiendo del carburo que había dentro . Era una manera de jugar como cualquier otra.
Aquel día no se qué paso, apenas recuerdo nada, solo que oí una explosión enorme y de momento todo quedo oscurecido, el bote explotó como una bomba que me quedo clavado en la frente y mucha sangre corría por tos los lados, mi vecina Charo que jugaba conmigo dio la voz de alarma. Ya llegó mi madre que estaba lavando en el arroyo, y alguien no sé quien le aviso que yo me estaba desangrando en “La Moral”. Mi madre me cortó la hemorragia con azúcar, luego me la lavaba con agua oxigenada , estuve una temporada con una gasa envuelta en la cabeza como una momia.
No pasó nada, no fue nada, pero de haberse desviado el bote un poco, hubiera perdido algún ojo, y en el peor de los casos de haberme dado en la sien, lo más seguro hubiera sido que hoy no estaría aquí para contarlo. Hoy 56 años después aún llevo el recuerdo en la frente con una cicatriz como una media luna.
Gúmaro, 21 de septiembre de 2010
En aquella época aún no teníamos luz eléctrica en Lober, al caer la noche debíamos encender el farol para andar por las oscuras y embarradas calles del pueblo, y el candil de petróleo o de aceite para alumbrar la cocina cuando toda la familia se reunía al amor de la lumbre, y en el mejor de los casos el que disponía de un candil de carburo
Era un día de los últimos días del mes de febrero del año 54 que contaba yo con unos 5 años de edad que cumpliría el próximo 12 del mes de marzo de aquel mismo año, aquel día me acompañaba mi vecina Charo que contaba algún año más que yo, pero no más de dos, y me parece que por aquella hora no había por allí nadie más. En casa de Charo era la taberna, y tenían la suerte de tener un candil de carburo que todos los días el Ti Sidoro durante el día preparaba para tenerlo preparado para la noche tirando la ceniza en la calle y sacudiendo el bote sobre una peña que había de frente a su casa sobre la pared de la nuestra. Sobre aquella peña el Ti Sidoro rompía también con un martillo la piedra de carburo para meter dentro del candil. Siempre entre la ceniza quedaba alguna pequeña piedra y otras que al partir con el martillo quedaban por allí.
Cuando oíamos que el Ti Sidoro sacudía el candil sobre la peña, los rapaces que por allí danzábamos corríamos hacia allí para recoger alguna piedra de carburo que quedaba rebuscando entre los residuos. Aquel día yo había tenido suerte, había recogido varias.
No sé quien fue el inventor, pero con un bote de leche condensada vacío le hacía un agujero con un clavo en el fondo. Se hacía un agujero de la medida del bote en se suelo en sitio barroso donde metía el bote con un poco de agua dentro y las piedras de carburo, bien tapado con barro alrededor para que respirara lo menos posible, luego con una cerilla se la arrimaba al agujero donde prendía una llama larga que duraba dependiendo del carburo que había dentro . Era una manera de jugar como cualquier otra.
Aquel día no se qué paso, apenas recuerdo nada, solo que oí una explosión enorme y de momento todo quedo oscurecido, el bote explotó como una bomba que me quedo clavado en la frente y mucha sangre corría por tos los lados, mi vecina Charo que jugaba conmigo dio la voz de alarma. Ya llegó mi madre que estaba lavando en el arroyo, y alguien no sé quien le aviso que yo me estaba desangrando en “La Moral”. Mi madre me cortó la hemorragia con azúcar, luego me la lavaba con agua oxigenada , estuve una temporada con una gasa envuelta en la cabeza como una momia.
No pasó nada, no fue nada, pero de haberse desviado el bote un poco, hubiera perdido algún ojo, y en el peor de los casos de haberme dado en la sien, lo más seguro hubiera sido que hoy no estaría aquí para contarlo. Hoy 56 años después aún llevo el recuerdo en la frente con una cicatriz como una media luna.
Gúmaro, 21 de septiembre de 2010
martes, 9 de febrero de 2010
EL ROSARIO
Debía ser por los años 50 ó 60 contado yo y mi amigo Antonio con 10 u 11 años de edad.
Había un cura en Lober, D. Antonio González, que cumpliendo con su misión decía el rosario durante casi todos los sábados del año. Pero llegando el mes de mayo el rezo se extendía a todos los días del mes.
Por aquellos años los rapaces teníamos una gran afición a repicar las campanas. Rapaces habíamos muchos en el pueblo, y el cura no era muy partidario de repicar las campanas durante mucho rato por no tratarse de una fiesta, si no de una simple llamada a esa oración. Y era por eso que los rapaces nos disputábamos el subir al campanario a repicar, lo cual ganaban siempre los más grandes.
Un día, cansados mí amigo Antonio y yo de que los rapaces más grandes no nos dejaran repicar, pesamos hacerle una putada, la cual habíamos estudiado un buen rato antes. Llegó la hora de repicar para el rosario, y como siempre, nos quedamos con las ganas, si bien sólo los más grandes nos dejaban subir a tocar alguna de las tres señales que tocaban después de repicar antes de entrar al rosario.
Pues acabado de repicar, Antonio y yo subimos al campanario, bajamos los pantalones y defecamos untando las cadenas de las campanas con los excrementos para cuando subiera algún rapa mayor se embostonara las manos. Y así fue, hicimos la trampa, subió Eloy, y efectivamente se untó las manos, cuando bajo D. Antonio le preguntó qué pasaba al ver la cara que traía y marchar derecho al pilón a lavarse las manos. Eloy le respondió: las cadenas de las campanas están embetunadas. D. Antonio no tardó muchos segundos en comprender y reaccionó diciendo: ¿han puesto mierda? A lo que Eloy contesto: Si señor, hay mierda.
D. Antonio comenzó la investigación, Antonio se marcho a su casa, y yo me escondí, pero yo debía ir al Rosario, de no hacerlo en mi casa se iban a enterar y el asunto se iba a complicar más. Una vez habían entrado al rosario, yo salí del escondite y entre rezagado. Los rapaces siempre subíamos arriba de todo en la iglesia, pero yo aquél día decidí quedarme abajo por llegar tarde y no molestar subiendo iglesia arriba cuando el cura había comenzado a rezar el rosario.
Grande fue mi sorpresa cuando entré en la Iglesia y ver que D. Antonio que rezaba el rosario detrás de la puerta cuando normalmente lo hacía desde el púlpito. Yo entré y mientras el rosario solo pensaba de salir el primero y meterme en casa, pero D. Antonio que ya estaba preparado detrás de la puerta no me dejó salir, me retuvo. Cuando ya había salido la gente me hizo preguntas mientras yo temblaba como una vara verde, y le acabe diciendo que yo había sido el autor, a lo que él me respondió con dos hostias en la cara y una patada en el culo, y tener que confesar lo ocurrido al día siguiente.
Pero no acabo todo ahí, llegado a mi casa mi padre ya se había enterado. Todavía al recordarlo siento los vergajazos que recibí aquella noche.
Mi amigo Antonio quedo ileso, en su casa no se enteraron por que no fueron al rosario y no se enteraron de los hechos.
Al día siguiente recuerdo que era día 28, y era feria en Gallegos del Río, en la feria dicen que no se hablaba de otra cosa enterándose todos los pueblos del contorno.
Yo hasta pocos años lo recordaba con retraimiento.
Gúmaro, 9 de febrero de 2010.
Había un cura en Lober, D. Antonio González, que cumpliendo con su misión decía el rosario durante casi todos los sábados del año. Pero llegando el mes de mayo el rezo se extendía a todos los días del mes.
Por aquellos años los rapaces teníamos una gran afición a repicar las campanas. Rapaces habíamos muchos en el pueblo, y el cura no era muy partidario de repicar las campanas durante mucho rato por no tratarse de una fiesta, si no de una simple llamada a esa oración. Y era por eso que los rapaces nos disputábamos el subir al campanario a repicar, lo cual ganaban siempre los más grandes.
Un día, cansados mí amigo Antonio y yo de que los rapaces más grandes no nos dejaran repicar, pesamos hacerle una putada, la cual habíamos estudiado un buen rato antes. Llegó la hora de repicar para el rosario, y como siempre, nos quedamos con las ganas, si bien sólo los más grandes nos dejaban subir a tocar alguna de las tres señales que tocaban después de repicar antes de entrar al rosario.
Pues acabado de repicar, Antonio y yo subimos al campanario, bajamos los pantalones y defecamos untando las cadenas de las campanas con los excrementos para cuando subiera algún rapa mayor se embostonara las manos. Y así fue, hicimos la trampa, subió Eloy, y efectivamente se untó las manos, cuando bajo D. Antonio le preguntó qué pasaba al ver la cara que traía y marchar derecho al pilón a lavarse las manos. Eloy le respondió: las cadenas de las campanas están embetunadas. D. Antonio no tardó muchos segundos en comprender y reaccionó diciendo: ¿han puesto mierda? A lo que Eloy contesto: Si señor, hay mierda.
D. Antonio comenzó la investigación, Antonio se marcho a su casa, y yo me escondí, pero yo debía ir al Rosario, de no hacerlo en mi casa se iban a enterar y el asunto se iba a complicar más. Una vez habían entrado al rosario, yo salí del escondite y entre rezagado. Los rapaces siempre subíamos arriba de todo en la iglesia, pero yo aquél día decidí quedarme abajo por llegar tarde y no molestar subiendo iglesia arriba cuando el cura había comenzado a rezar el rosario.
Grande fue mi sorpresa cuando entré en la Iglesia y ver que D. Antonio que rezaba el rosario detrás de la puerta cuando normalmente lo hacía desde el púlpito. Yo entré y mientras el rosario solo pensaba de salir el primero y meterme en casa, pero D. Antonio que ya estaba preparado detrás de la puerta no me dejó salir, me retuvo. Cuando ya había salido la gente me hizo preguntas mientras yo temblaba como una vara verde, y le acabe diciendo que yo había sido el autor, a lo que él me respondió con dos hostias en la cara y una patada en el culo, y tener que confesar lo ocurrido al día siguiente.
Pero no acabo todo ahí, llegado a mi casa mi padre ya se había enterado. Todavía al recordarlo siento los vergajazos que recibí aquella noche.
Mi amigo Antonio quedo ileso, en su casa no se enteraron por que no fueron al rosario y no se enteraron de los hechos.
Al día siguiente recuerdo que era día 28, y era feria en Gallegos del Río, en la feria dicen que no se hablaba de otra cosa enterándose todos los pueblos del contorno.
Yo hasta pocos años lo recordaba con retraimiento.
Gúmaro, 9 de febrero de 2010.
viernes, 11 de septiembre de 2009
Como yo hacía cabrear a mi padre...
Mas o menos por estas fechas, o por los días de alrededor del Cristo, o más bien dependiendo de cómo viniera el año comenzaban a madurar las uvas y los pájaros comenzaban a picotearlas, y algunas veces también acudían pajarracos que ni siquiera tenían alas, pero cuando se enseñaba uno de estos pajarracos el destrozo era grande, por que se llevaba en el saco y en el papo.
Mi padre siempre atento a la viña, casi cada día se daba una vuelta por allí para mirar que esto no sucediera, al mismo tiempo que frecuentaba la viña, pues los depredadores no acudían al saber que mi padre podía estar o no escondido en el chozo.
Un día, yo pensé y dije, voy a cabrear a mi padre, y me puse a registrar entre los atafales donde yo sabía que tirábamos las cholas y las albarcas viejas, para alomejor algún día utilizarlas para remendar otras viejas.
Pues buscando entre los atafales encontré unas albarcas medio desarmadas pero que tenían buena goma y el dibujo del piso en buenas condiciones que en definitiva era lo que lo pretendía.
Entonces yo vigilaba a mi padre cuando él iba y venía de la viña, cuando yo veía que mi padre llegaba de la viña, yo cogí las albarcas envueltas en un saco y marché para la viña, llegando allí me les puse y di una vuelta por toda la viña dejando las pistas bien marcadas, para que mi padre se diera cuenta de que alguien extraño andaba por la viña.
Al día siguiente el buen hombre se dio cuenta de que alguien le andaba en la viña al ver las pistas de las albarcas que yo había dejado marcadas. Entonces empezó a investigar haber de quien eran las albarcas que dejaban marcadas aquellas pistas. Durante días estuvo vigilando a todos los del pueblo que llevaban albarcas haber si las pistas coincidían con las que yo dejaba marcadas en la viña. Yo estuve repitiendo la operación durante días con dichas albarcas, y después de pasear por la viña las dejaba guardadas en un saco escondido entre unas escobas que había a la punta de arriba de la viña, y mi padre rompiéndose la cabeza y pensando que de quien serían aquellas pistas que no encontraba ni rastro ni aun cuando ya había observado todas las albarcas del pueblo. Todas las noches en casa no se oía más que esta conversación, pero yo sin darle importancia a la cosa nunca decía nada.
Pero mi padre que de tonto no tenía nada, y siempre observaba, por eso de que el demonio sabe más por viejo que por demonio, pues un día se puso a mirar por debajo de las escobas donde yo tenía las albarcas guardadas en el saco, cuando de pronto vio el saco, y dice: quien coños ha traído aquí este saco, si este saco es nuestro, cuando cogió el saco y vio que dentro del saco estaban las albarcas que el mismo había cosido con alambres muchas veces y eran las que dejaban las pistas en la viña. Como yo ya había hecho tantas travesuras no dudó que el de las albarcas era yo, y después decía: Ya yo había sospechado que todos los días alguien entraba en la viña, pero veía que no me faltaban uvas, por eso me daba que pensar, y mira tú el cabrón del rapa este……
11-09-2009. Gumaro
Mi padre siempre atento a la viña, casi cada día se daba una vuelta por allí para mirar que esto no sucediera, al mismo tiempo que frecuentaba la viña, pues los depredadores no acudían al saber que mi padre podía estar o no escondido en el chozo.
Un día, yo pensé y dije, voy a cabrear a mi padre, y me puse a registrar entre los atafales donde yo sabía que tirábamos las cholas y las albarcas viejas, para alomejor algún día utilizarlas para remendar otras viejas.
Pues buscando entre los atafales encontré unas albarcas medio desarmadas pero que tenían buena goma y el dibujo del piso en buenas condiciones que en definitiva era lo que lo pretendía.
Entonces yo vigilaba a mi padre cuando él iba y venía de la viña, cuando yo veía que mi padre llegaba de la viña, yo cogí las albarcas envueltas en un saco y marché para la viña, llegando allí me les puse y di una vuelta por toda la viña dejando las pistas bien marcadas, para que mi padre se diera cuenta de que alguien extraño andaba por la viña.
Al día siguiente el buen hombre se dio cuenta de que alguien le andaba en la viña al ver las pistas de las albarcas que yo había dejado marcadas. Entonces empezó a investigar haber de quien eran las albarcas que dejaban marcadas aquellas pistas. Durante días estuvo vigilando a todos los del pueblo que llevaban albarcas haber si las pistas coincidían con las que yo dejaba marcadas en la viña. Yo estuve repitiendo la operación durante días con dichas albarcas, y después de pasear por la viña las dejaba guardadas en un saco escondido entre unas escobas que había a la punta de arriba de la viña, y mi padre rompiéndose la cabeza y pensando que de quien serían aquellas pistas que no encontraba ni rastro ni aun cuando ya había observado todas las albarcas del pueblo. Todas las noches en casa no se oía más que esta conversación, pero yo sin darle importancia a la cosa nunca decía nada.
Pero mi padre que de tonto no tenía nada, y siempre observaba, por eso de que el demonio sabe más por viejo que por demonio, pues un día se puso a mirar por debajo de las escobas donde yo tenía las albarcas guardadas en el saco, cuando de pronto vio el saco, y dice: quien coños ha traído aquí este saco, si este saco es nuestro, cuando cogió el saco y vio que dentro del saco estaban las albarcas que el mismo había cosido con alambres muchas veces y eran las que dejaban las pistas en la viña. Como yo ya había hecho tantas travesuras no dudó que el de las albarcas era yo, y después decía: Ya yo había sospechado que todos los días alguien entraba en la viña, pero veía que no me faltaban uvas, por eso me daba que pensar, y mira tú el cabrón del rapa este……
11-09-2009. Gumaro
jueves, 10 de septiembre de 2009
Algunos recuerdos de mi infancia
Ya quedaron atrás aquellos lejanos años 50, los años de las cholas en invierno, de las albarcas en verano, pantalones cortos de pana, de las rodillas esmurriadas por las continúas caídas en las embarradas calles de nuestro pueblo.
Años aquellos en los que jugábamos a la píngula, al chito, a la tajuela. Tirábamos piedras con la onda construida por nosotros mismos, tirábamos flechas con el arco hecho con una vara de fresno y una cuerda, las pelotas para jugar al frontón en la pared de la iglesia hechas con cualquier trozo de goma y hilo de lana, mientras que nuestras madres interrumpían nuestro trabajo cuando nos llamaban a voces para ir a hacer alguna jera, como ir a buscar algún saco de paja o ir a llenar la barrila de agua al charíz de la era.
Era una costumbre que teníamos los rapaces cuando un camión o coche llegaba al pueblo, de ir corriendo detrás de él, incluso subirnos encima si se podía. Muchas veces pienso que como no pasaría algún accidente al subirnos y ir el camión en marcha y nosotros colgados en el. Los camiones que frecuentaban el pueblo en aquellos años no eran muchos, y solía ser en verano, ya que en invierno podían quedar atascados en el terreno pantanoso, más de una vez tuvieron que sacar alguno con alguna pareja de vacas, no había carreteras, si mal no recuerdo, en Aliste sólo había la N 122, y no siempre tenía buen firme. Los camiones que más frecuentaban el pueblo y casi los únicos era el camión de Colino de Fornillos, y el camión de las gaseosas de Ceadea. A mí, en particular le gustaba mucho ver las roderadas de un camión o coche cuando quedaban marcadas en el barro, incluso las iba a tocar y decía: voy a mirar a haber si todavía están calientes, y es que a mí los coches siempre me han gustado y me continúan gustando.
Pocas veces se veía por Lober alguna moto aparte de cuando venía el secretario del ayuntamiento D. Tomás con su Osa, o el ti competidor con su Guzzi, y cuando llegaban al pueblo, nos quedábamos todos los rapaces alrededor mirándolas con unos ojos como platos y comentando lo que era el carburador, y el tubo transparente por donde se alimentaba de gasolina.
Mas fácil era ver a algún forastero cuando llegaba con su bicicleta, la cual no dejaba de ser un vehículo de trasporte usado por todos los que estaba a su alcance, y igualmente los rapaces, cuando llegaba uno con este medio de transporte al pueblo nos volvíamos locos corriendo tras de él.
En Lober, yo siempre tuve de rapá la fama de ser un travieso, y ya que estamos hablando de bicicletas, pues contaré una anécdota que ocurrió con la bicicleta del Veterinario un día del mes de noviembre del año cincuenta y tantos un día que vino al pueblo: Como siempre, cuando llegaba al pueblo una bicicleta, pues los rapaces a correr detrás, yo seguramente el más atrevido de los que íbamos allí , me agarre al portabultos de la bicicleta y le dije al veterinario: “Bájate de esa bicicleta que lo mismo es mía que tuya” y el veterinario se cayó rodando de la bicicleta, y quedó lleno de barro, el cual se levantó del suelo rápidamente preguntado: Haber,¿ quien es el padre de este muchacho? ¡¡Ese tiene que pagar por lo que este niño ha hecho!! Exclamaba el veterinario. No tardo mi padre en enterarse del suceso, y le oí que dijo: ¡¡¡Qué vergüenza!!! Que el mi rapá haya hecho eso, a este hoy le mullo los huesos. Yo marche corriendo por la Patera hacía el Carrascal, y mi padre detrás al mismo tiempo que me “afumaba” el perro para que me cogiera. Me cogieron por el Carrascal. Todavía hoy parece que me duelen los vergajazos que me dio.
Y ya que me he puesto a contar las travesuras de mi niñez podía continuar contando muchas más, como cuando unte las cadenas de las campanas con excrementos y Eloy de embostonó y luego a mí me dio unas “ hostias “ el cura y luego me hizo confesar el pecado. Otra cuando le arranque los pimientos a Nicolasa que tenía el semillero en un montón de estiércol en el “Furmiguero”. O también cuando le maté los pollos de una gallina recién sacados del huevo y que eran de Mariana.
Y así podía continuar contando muchas más, pero puedo asegurar que nunca lo hice con malicia, creo que más bien pecaba de ignorante, y lo que sí puedo asegurar es que por todo eso pagué. Muchas veces pienso que fui travieso y pague caros mis errores, y por eso debió ser que de mayor no recuerdo haberme salido nunca de mi cauce, aprendí de mis errores, llegue a mayor con temor, porque recuero que el vergajo dolía mucho.
10-09- 09 Gumaro
Años aquellos en los que jugábamos a la píngula, al chito, a la tajuela. Tirábamos piedras con la onda construida por nosotros mismos, tirábamos flechas con el arco hecho con una vara de fresno y una cuerda, las pelotas para jugar al frontón en la pared de la iglesia hechas con cualquier trozo de goma y hilo de lana, mientras que nuestras madres interrumpían nuestro trabajo cuando nos llamaban a voces para ir a hacer alguna jera, como ir a buscar algún saco de paja o ir a llenar la barrila de agua al charíz de la era.
Era una costumbre que teníamos los rapaces cuando un camión o coche llegaba al pueblo, de ir corriendo detrás de él, incluso subirnos encima si se podía. Muchas veces pienso que como no pasaría algún accidente al subirnos y ir el camión en marcha y nosotros colgados en el. Los camiones que frecuentaban el pueblo en aquellos años no eran muchos, y solía ser en verano, ya que en invierno podían quedar atascados en el terreno pantanoso, más de una vez tuvieron que sacar alguno con alguna pareja de vacas, no había carreteras, si mal no recuerdo, en Aliste sólo había la N 122, y no siempre tenía buen firme. Los camiones que más frecuentaban el pueblo y casi los únicos era el camión de Colino de Fornillos, y el camión de las gaseosas de Ceadea. A mí, en particular le gustaba mucho ver las roderadas de un camión o coche cuando quedaban marcadas en el barro, incluso las iba a tocar y decía: voy a mirar a haber si todavía están calientes, y es que a mí los coches siempre me han gustado y me continúan gustando.
Pocas veces se veía por Lober alguna moto aparte de cuando venía el secretario del ayuntamiento D. Tomás con su Osa, o el ti competidor con su Guzzi, y cuando llegaban al pueblo, nos quedábamos todos los rapaces alrededor mirándolas con unos ojos como platos y comentando lo que era el carburador, y el tubo transparente por donde se alimentaba de gasolina.
Mas fácil era ver a algún forastero cuando llegaba con su bicicleta, la cual no dejaba de ser un vehículo de trasporte usado por todos los que estaba a su alcance, y igualmente los rapaces, cuando llegaba uno con este medio de transporte al pueblo nos volvíamos locos corriendo tras de él.
En Lober, yo siempre tuve de rapá la fama de ser un travieso, y ya que estamos hablando de bicicletas, pues contaré una anécdota que ocurrió con la bicicleta del Veterinario un día del mes de noviembre del año cincuenta y tantos un día que vino al pueblo: Como siempre, cuando llegaba al pueblo una bicicleta, pues los rapaces a correr detrás, yo seguramente el más atrevido de los que íbamos allí , me agarre al portabultos de la bicicleta y le dije al veterinario: “Bájate de esa bicicleta que lo mismo es mía que tuya” y el veterinario se cayó rodando de la bicicleta, y quedó lleno de barro, el cual se levantó del suelo rápidamente preguntado: Haber,¿ quien es el padre de este muchacho? ¡¡Ese tiene que pagar por lo que este niño ha hecho!! Exclamaba el veterinario. No tardo mi padre en enterarse del suceso, y le oí que dijo: ¡¡¡Qué vergüenza!!! Que el mi rapá haya hecho eso, a este hoy le mullo los huesos. Yo marche corriendo por la Patera hacía el Carrascal, y mi padre detrás al mismo tiempo que me “afumaba” el perro para que me cogiera. Me cogieron por el Carrascal. Todavía hoy parece que me duelen los vergajazos que me dio.
Y ya que me he puesto a contar las travesuras de mi niñez podía continuar contando muchas más, como cuando unte las cadenas de las campanas con excrementos y Eloy de embostonó y luego a mí me dio unas “ hostias “ el cura y luego me hizo confesar el pecado. Otra cuando le arranque los pimientos a Nicolasa que tenía el semillero en un montón de estiércol en el “Furmiguero”. O también cuando le maté los pollos de una gallina recién sacados del huevo y que eran de Mariana.
Y así podía continuar contando muchas más, pero puedo asegurar que nunca lo hice con malicia, creo que más bien pecaba de ignorante, y lo que sí puedo asegurar es que por todo eso pagué. Muchas veces pienso que fui travieso y pague caros mis errores, y por eso debió ser que de mayor no recuerdo haberme salido nunca de mi cauce, aprendí de mis errores, llegue a mayor con temor, porque recuero que el vergajo dolía mucho.
10-09- 09 Gumaro
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